domingo, 12 de diciembre de 2010

DESAPARECIDOS EN EL ESPACIO-TIEMPO

   Desde septiembre no escribo nada en el blogs –que no en la libretilla verde que me he agenciado para tomar notas–, lo único que me ha interesado es intentar leer, para ver como esta mi estado de animo, concentración, etc... y todo eso que te dicen los psiquiatras y psicólogos/as, para que mejores de la enfermedad del vitriolo, comúnmente conocido como estado de ánimo quemado.
   Es decir intentar descansar para hacer una vida medianamente normal, lo más parecido a la que llevaba con anterioridad, así que en este momento me dispongo a hacer una pequeña lista de los libros que he leído antes de irme a descansar o ya descansando en la cama, esos 20 a 30 minutos antes de intentar dormir y descansar mediante métodos medicinales y el tradicional, de aletargarte con una buena lectura.
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   En ese tiempo estaba leyendo Ciudad de cristal de Paul Auster, que es la primera novela con la que el autor inicia La trilogía de Nueva York, las otras dos, –Fantasmas y La Habitación Cerrada–, no las he leído por ahora.


Es como dice la reseña, una novela de intriga –thriller–, bastante especial y diferente a lo que normalmente es una novela de ese tipo. Era la segunda novela de Paul Auster que leía.






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   Después creo, si mi memoria no me hace una de las suyas, he ido leyendo los siguientes libros:
Lectura 1ª:
  



   Me atrajo el libro Elegía para un americano de al autora Siri Hustvedt, (esposa de Paul Auster).
  Si me gustó, Invisible de Paul Auster, y su forma de escribir; la de Siri Hustvedt me parece más relajante y directa, fácil de leer. A mi entender es muy buena escritora, se trabaja muchísimo los libros y me pasé un rato "very nice" leyendo ese precioso libro.

 
 
 
 
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Lectura 2ª:
      Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia (5º libro del detective Héctor Belascoarán Shayne), del escritor Paco Ignacio Taibo II, era la primera vez que leía a este escritor y la verdad no tiene nada que envidiar a los Henning Mankell y demás escritores nórdicos del momento. Lo único que varía son los lugares donde se desarrolla la trama y su forma diferente de contar sus episodios y peripecias.

   Es otra forma de entretener, con una sociedad menos moderna que la centroeuropea, pero con los mismos problemas humanos.




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Lectura 3ª:   
   Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez, la lectura me fue intrigando y enganchando a medida que pasaban los días (solo leo antes de dormir por la noche), es un libro muy duro –me imagino que escribirlo, como dice el autor fue aun peor–.

   Gabriel García Márquez cuenta en su papel de periodista, nos trae la historia real del secuestro de Maruja Pachón Villamizar y otras nueve personas, ocurrido en Colombia en el año 1990, a manos de la organización del narcotraficante Pablo Escobar.
   Difícil para los secuestrados en esa época y en cualquier tiempo, trágico por parte de los que no regresaron y muy triste las desdichas del conjunto de la sociedad que describe en el libro.

   Nota: No recuerdo bien cual leí primero, Noticia de un secuestro o Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, son cosas de la memoria (enfermedad del vitriolo).

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Lectura 4ª:   
  


   Antés de la concesión del premio Nóbel a Mario Vargas Llosa, empecé a leer Travesuras de la niña mala, novela que narra la vida de Ricardito, un hombre que siempre ha querido vivir en Paris, y una vez en esa ciudad vuelve a reencontrar a un amor de su juventud –la chilenita–.

   Historia de amor y desamor, de pasión y odio, amor indefinible, destino perverso para el que lo padece, y dolor sobre todo por culpa de las travesuras de la niña mala. La pregunta que propone el escritor es: ¿Cuál es el verdadero rostro del amor?, respuestas hay para todos los gustos.


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Lectura 5ª:  
   Después de una lectura un poco difícil para los sentimientos personales, intento relajarme con una novela de intriga-policíaca, en este caso elegí la cuarta novela del comisario Martín Beck, El policía que ríe escrita en los años 60 por la pareja sueca Maj Sjöwall y Per Wahlöö, son los primeros en plasmar e impulsar el desarrollo de la novela de intriga sueca.


   Tan buena como las de Henning Mankell, Asa Larsson, Stieg Larsson, etc..




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Lectura 6ª:

   Vuelta a la literatura hispanoamericana a cargo de Mario Vargas Llosa, la novela elegida fue Pantaleón y las visitadoras, novela que recuerdo haber visto adornando algunos muebles-bar de la casa de algunos amigos del barrio.

   Relato muy divertido para pasar un buen rato, pero con un trasfondo social triste y duro, aunque este contado en forma de esperpento. Bastante ameno y divertido, te puedes "reir".






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Lectura 7ª:
   No se porque elegí esta novela, pero ocurrió. El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez es un poco enrevesada y dificultosa de leer, en realidad bastante, sobre todo si se lee a salto de mata -de noche en noche- .

   El autor indicó que fue la novela que más trabajo le costó escribir y se nota, tal vez por la falta de fluidez y su complejidad atemporal. Para entenderla y comprenderla en su totalidad hay que releerla.

   Es validad para todos los dictadores, opresores, en general gente totalitaria, que trata y maneja a las personas como borregos –en este caso como vacas y gallinas–, de esos tenemos bastantes por doquier, solo hay que mirar a los que se presentaron y hasta emergieron en las últimas elecciones catalanas. Leones disfrazados de corderos nacionalistas; también los tenemos en el cortijo socia..as (no te digo la letra que falta) del sur de España.

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Lectura 8ª:



  La última lectura fue la obra del autor brasileño Paulo Coelho, de título Verónica decide morir, "una novela sobre la locura", como dice el título del libro.

   Habla sobre la felicidad-no felicidad, del ser humano y su destino final. Escritor de estilo natural y accesible. Lectura libre.

  Me he visto muy identificado con el personaje de esta novela, tal vez por eso la leí. 




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   La lectura actual es una vuelta a mis comienzos, a la novela negra de intriga, de relajación con Henning Mankell y la continuación de la serie del inspector Wallander, de titulo Antes de que hiele.
    Un autor que me recomendó la persona que más quiero y que me ha ayudado siempre que la he necesitado.
PD: Perdonadme los errores, pues ahora mismo no domino la introducción de entradas en el blogs y estoy un poco-bastante torpe.

Nota: Mi agradecimiento a Isabel (mi psico) que me recuperó. Gracias.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LAS NIÑAS DEL CARRITO


LAS NIÑAS DEL CARRITO
Se llamaban Lía y Chisca. Eran hermanas, casi de la misma edad, Chisca era 14 meses mayor que Lía, y tenía el pelo ondulado y rubito, mientras que Lía lo tenia totalmente lacio y un poco más oscurito; las dos eran de piel clara como su madre – que tenia lo que se decía por entonces, piel de marquesa – y tenían casi la misma estatura; Chisca era la más asustona de las dos y Lía era más atrevida.

En esa época, las mujeres tenían muchos hijos seguidos y escalonados, hasta que su experiencia les enseñaba cuando y como tenían que dejar de parir, aprendiendo toda clase de subterfugios para no tener traer más hijos al mundo y que pasaran necesidades, en realidad era “anhelo de todo”, pues no había nada.
Tenían cuatro hermanos más – dos niños y dos niñas –, una hermana y los dos hermanos eran mayores que ellas dos y vivían junto con sus padres –Svan y Rossi- en una casita-choza casi medieval. Svan era doce años mayor que Rossi. Según cuentan se casaron para que Rossi pudiera escapar del dominio y la crueldad de sus padres adoptivos que solo la quisieron para tenerla de criada durante el tiempo que vivió con ellos.
Eran los primeros pobladores de la zona en donde tenían su terreno-solar-casita-hogar, un descampado de mala tierra, – por donde pasaba un arroyo, seco en verano y desbordado en invierno – que no servia ni para que crecieran los jaramagos y donde los pobres de los sitios más dispares irían concentrándose y con el tiempo se convertiría en una barriada de las inmediaciones del centro de la ciudad. En ese tiempo nada más que existían varias casas muy retiradas entre ellas, esparcidas en ese descampado.
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Tanto Lía como Chisca, tenían que ayudar a su padre en el único trabajo que tenia a veces para el sustento de la familia, pues los dos hermanos estaban desde pequeñitos trabajando en una vaquería durante todo el día y allí les daban de comer, por dicho trabajo.
Cuando no tenía trabajo en el campo, Svan pedía permiso al señorito de una finca llamada el Coscollar, situada a unos 10 kilómetros de distancia de donde ellos vivían, para podarle gratis los olivos y la madera recogida la vendía a la panadería que había cercana a su casa.
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Svan salía al amanecer tirando de un carro con sus dos hijas, Lía y Chisca. Tenían que transitar empujando el carrito, en dirección norte, por unos caminitos de polvo, piedras, tierra… entre matorrales y arbustos. Al final de los intricados caminos, justo antes de llegar a la carretera, tenían que pasar un pequeño monte donde había una tapia que rodeaba la casa de una familia de apellidos de ascendencia extranjera – inglesa o alemana – y por supuesto muy rica. Las niñas acercaban unas piedras a la pared de la tapia y se quedaban un ratito mirando por lo alto de ella, para ver como era esa casa tan grande y muy diferente a la suya, después salían corriendo y alcanzaban al carro y a su padre, antes de llegar a la carretera –camino con algo de asfalto– que les llevaba en dirección oeste hacia la finca donde Svan tenia que desmochar los olivos del “Coscollar”.
Los primeros tres kilómetros de la carretera eran empinados y de pendiente constante, y las niñas tenían que empujar el carrito para ayudar a Svan. A la izquierda de la carretera había algunas casitas del mismo estilo que la que las niñas veían por la tapia, pero no tan grandes; después todo se volvía campo a ambos lados de la carretera.
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Cuando el terreno era llano Svan tiraba del carrito el solo e incluso en las bajadas, subía a sus niñas al carrito para que estuvieran alegres y se pasearan. Era una forma de entretenerlas pues sabía que sus hijas a pesar de su corta edad –8 y 9 años– tenían que trabajar duro al llegar al olivar.
Tanto Lía como Chisca iban cantado y felices a la ida cuando estaban en lo alto del carrito. Antes de llegar a su destino, pasaban por delante de la casa-cuartel de la guardia civil. Allí las saludaba la mujer del jefe del recinto. Era una señora muy cariñosa, que además no tenía hijos y adoraba a las niñas y les decía que se llegaran a la vuelta con su padre.
Sobre las 11 de la mañana llegaban a la finca y dejaban la carretera entrando por un camino pedregoso donde dejaban el carro y junto con su padre entraban en el campo.
El carrito de las niñas
Mientras Svan iba desmochando los árboles, las niñas eran las encargadas de llevar los trozos de madera que su padre les indicaba al carro que estaba en el camino. Si los pedazos de madera eran pequeños los llevaban a pulso en los brazos y cuando eran muy pesados y grandes, tiraban de los troncones arrastrándolos por el campo hasta el carro.
En esa tarea se tiraban hasta las tres de la tarde. Svan siempre llevaba una garrafa de plástico con agua para los tres.
Las niñas acababan con los pies destrozados, pues llevaban sandalias de plástico, de esas que con el sudor y el polvo se va formando una mezcla que se mete entre los deditos pequeños, te cubre toda la planta del pie y este se desliza por dentro de la sandalia. A pesar de todo para Lía y Chisca era como un juego. No había prisa, ni futuro.
Cuando terminaban de llenar todo el carro, Svan tiraba de el hasta sacarlo hasta la carretera. Las niñas se entretenían en el campo intentado limpiarse la planta de los pies para que estos no le resbalasen en las sandalias y poder empujar el carro de su padre.
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Chisca era la más asustona de las dos y a pesar de ser la mayor, le aterrorizaba quedarse sola en el olivar. Lía, que lo sabia, jugaba con ella y le decía que iba a salir corriendo y dejarla sola. Chisca ante la provocación de Lía, le aseguró que le tiraría una piedra si no la esperaba., Cuando Lía empezó a andar hacia la carretera dejando atrás a su hermana, ésta le tiró una piedra, con tan mala fortuna que le dio en la cabeza y le hizo una herida por la cual comenzó a salirle un poco de sangre.
Cuando llegaron al final del camino, justo antes de la carretera, donde las esperaba Svan, Lía le dijo que se había tropezado y que se había caído, su padre empezó a curarla echándole agua de la que llevaban en la garrafa y le puso un trapo para presionarle la herida.
Mientras Lía gemía de dolor, Svan le preguntó que como era posible que se cayese hacia delante y la chifarrada la tuviera en la parte de atrás de la cabeza. Cuando Lía iba a revelar lo ocurrido a su padre, levantó la cabeza y vio el brillo de los ojos de Chisca que la miraba fijamente a la cara y en ese momento Lía no abrió la boca.
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Svan era demasiado bueno con ellas y no les preguntó nada más pues estaban muy cansados de recoger los troncones de madera. Una vez pasado el incidente entre las dos hermanas, y cuando Lía había recuperado el aliento, entre los tres empezaron a mover el carro de vuelta a casa.
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Cuando pasaban por delante de la casa-cuartel ─ mientras Svan se iba a la cercana taberna El Alambique ─, la mujer del jefe del cuartel, doña Lucinda, se quedaba con las dos niñas. Ellas se lavaban las manos y limpiaban sus sandalias en un grifo que había a la entrada del patio de la casa-cuartel, y mientras tanto doña Lucinda les preparaba unos huevos fritos con ajos, pues tanto a Chisca como a Lía les encantaban.
Durante el almuerzo, doña Lucinda les preguntaba que si iban al colegio y ellas le contaban que tenían que ayudar a sus padres, y que por eso no estaban en el colegio. Las niñas no paraban de hablar y Lía le dijo que el vestido de lanilla con florecitas que llevaba puesto se lo había hecho su madre.
Cuando Svan regreso del Alambique, emprendieron la marcha con el carro cargado de madera, y doña Lucinda se despidió de las niñas.
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Aunque a Svan no se le notase nada, en la taberna se había tomado más vino de lo recomendable para la vuelta y al rato empezó a pasarle factura la bebida, empezó a marearse y no podía apenas tirar del carro, aunque las niñas lo ayudaban, llegó un momento en que se cayó al suelo y no podía levantarse.
Las niñas al ver como se encontraba su padre se pusieron a llorar pero, a pesar del llanto le ayudaban a levantarse y empujaban el carro entre ellas dos. Así durante todo el resto del camino de vuelta a casa. Para las niñas era un suplicio, hasta que a Svan se le iba pasando el efecto del exceso de vino ingerido en la taberna.
Cuando estaban cerca de la casa, Svan ya se había recuperado de la borrachera del vino blanco que había tomado en El Alambique, en ese momento, les daba un par de besos a las niñas y las dejaba cerca de casa y seguía con el carro en dirección a la panadería, donde entregaba la leña que había acordado con la dueña.
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Lía y Chisca le contaban a su madre lo bien que se lo habían pasado y no le decían nada de lo ocurrido por el camino, cuando tenían que ayudar a su padre y empujar el carrito durante todo el camino de vuelta a casa.
Svan después de vender la leña recogida en el olivar, en el camino de vuelta a casa pasaba por una taberna cercana y se dejaba parte de lo ganado ese día.
La cena de la familia ese día y como casi siempre según recuerdan las niñas del carrito eran unas gachas y a dormir hasta el día siguiente, que la vida continuaba.
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Doña Lucinda les buscó un colegio ─ el Saint Anthony para niños pobres ─, para que pudieran aprender a leer y escribir, y además comer todos los días. Del pan que le daban en la comida, siempre guardaban un trozo que le llevaban a su madre, pero el hambre hacia que en el camino de vuelta a casa, se convirtiera en un trocito.
Dentro del colegio había una tapia que las separaba de otro grupo de niñas diferentes. Eran más altas y vestían de uniforme. En su grupo todas tenían ropa de lanilla floreada y sandalias de plástico.
Chisca y Lía con 16 y 15 años


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Aún hoy día las niñas recuerdan ese colegio y las aventuras en el carrito con su padre.
A pesar de los sinsabores, siempre fueron felices con Svan y Rossi a los que cuidaron hasta el final de sus días.
A las hermanas más buenas del mundo, que les trasmitieron a sus hijos/as humanidad y alegría para sus vidas.

Esta historia no se sabe si real o imaginaria, para que sus hijos y nietos las recuerden siempre

 

lunes, 2 de agosto de 2010

RELACIONES HUMANAS: VIDA EN PAREJA

   Mi padre que era muy bruto y a la vez (cosa imposible) sensible, o más bien sensiblero, decía que para que una pareja funcione debían de respetarse. Ese fue el consejo que le dio a mi hermana y a su marido –Miguel– el día de su boda cuando el sacerdote (cura) lo obligó a decir unas palabras a las personas allí reunidas, y lo hizo por su hija a pesar de que mi padre “odiaba” a la mayoría de los curas. 
   La pobre, estaba tan nerviosa los días cercanos a su boda, que de lo contenta que estaba se puso tan mal, que el día anterior a la boda la tuvieron que ingresar en el hospital, de allí salio directamente hacia la iglesia. Mi hermana cuando esta feliz y contenta se enferma y cuando esta con el “agua al cuello” le da la risa, eso le ha pasado desde pequeña. Así es la vida. 
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   Como pareja, mi hermana y Miguel siempre se llevaron bien, de hecho ella se lleva bien con casi todo el mundo, –igual le pasa a nuestra madre–; igual le ocurre a mi primo Pepe (primo por parte de padre y madre) y Lola (su mujer) lo mismo que a Oliva y a mi. Somos seres muy sencillos, tal vez debido a la infancia tan feliz que hemos tenido o puede que seamos así por naturaleza, nunca se sabrá, hasta que los científicos de alguna Universidad por aburrimiento estudien la cuestión de el por qué de este estado de felicidad.
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   Las parejas que se llevan bien, según dice mi psicóloga Isabel, han alcanzado lo que todo el mundo persigue en la vida (algo así como el “Santo Grial” de las relaciones humanas), yo al principio no me lo creía, pues para nosotros era algo normal (puede que natural), y me comentaba que las relaciones de pareja eran uno de los problemas más comunes en su consulta.
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   Durante 20 años aproximadamente estuvimos criando (educando) a nuestros hijos y cuando pudimos, nos fuimos a viajar, ─ igual que hacíamos cuando éramos niños con mis padres, tíos y primos, que íbamos a la playa a ver a unos familiares de nuestros padres (“nuestros primos lejanos”) y recorríamos de 3 a 4 de la tarde unos pocos de kilómetros de campo, atravesando unas vías de tren, siempre con mucho cuidado, pasando todos a la vez para que no nos pillara el tren que pasaba cada hora aproximadamente ─. 
   La verdad es que los viajes que hicimos no eran como el de nuestro padre, que emigró en los años 60, cuando éramos niños a Alemania para poder traer dinero a la casa y de esa forma no pasar tantas dificultades y pagar las deudas, después de estar en uno de tantos apuros económicos que pasamos cuando niños. A pesar de todo mi madre siempre dijo que nunca nos ha faltado que comer.                         
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   Las tres parejas hicimos juntos nuestro último viaje a Paris, la verdad es que todo lo que nos habían contado quedo minúsculo, nimio; nos lo pasamos de maravilla, por donde paseábamos nos miraban los franceses, pues siempre estábamos riéndonos, -cosa que en el extranjero no suelen hacer- , nos reíamos de nosotros mismos, de las bellezas de nuestro alrededor, en realidad, nos reíamos de vivir. El reírnos de esa forma en la cual disfrutábamos, es algo casi genético por parte de la familia de mi madre, sobre todo de ella misma, que seguramente tendrá un cromosoma de más, el 24R (el de la risa). 
   Teníamos planeado hacer un viaje al año, antes de que nos pillara el tiempo, después de veinte años cuidando niños y alrededor de treinta trabajando, y antes de que nos lo imposibilitara el cuidado de los abuelos y posiblemente al ritmo que vamos, el de los nietos (mi hermana ya tiene una nieta –Laura–). Todo esto es muy común en nuestras familias, mi abuela Rosario, dormía en mi cuarto, en una camita junto a la mía, allí descanso hasta el final. Un beso abuela. 
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   Las parejas que encuentran la felicidad, no quieren separarse nunca, con la mirada y un abrazo son felices, hay una complicidad que el resto de la gente no solo no entiende, sino que envidian y odian, en vez de mirar lo positivo de las cosas. 
    A mi hermana ya no pueden odiarla ni envidiarla pues le falta Miguel, pero a pesar de todo, no le faltaremos nosotros. 
   Aun así, el resto la seguirá envidiando, ese es el mal de la humanidad, de este mundo que no quieren la felicidad de los demás, cuando en realidad es la de ellos mismos. Peor para ellos.

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 Gracias Miguel por todo, donde quiera que estés. Con el tiempo estaremos juntos de nuevo. 

sábado, 17 de julio de 2010

Vacaciones de verano: "Los primos lejanos"



VACACIONES DE VERANO: “LOS PRIMOS LEJANOS”
CUANDO ERAMOS ……NIÑOS….
            En mi familia nunca hemos conocido las vacaciones ─ era algo así como cuando vi por primera vez un saco de dormir (allá por los años 80) ─, se había oído que existían, pero no se conocían.
Con el tiempo supe que las vacaciones son un periodo de tiempo en el cual todos los miembros de una gran familia se juntaban, después de que los niños terminaran el colegio, y se dedicaban a descansar y otros menesteres como acabar peleándose entre ellos, hasta las siguientes vacaciones. Entonces pensé, claro esas vacaciones si las teníamos de pequeños, pero con algunas salvedades, que duraban un día, que era el tiempo que descasaban nuestros padres (los míos y de mis primos).
Ese único día se dedicaba por ejemplo a visitar a familiares lejanos (en distancia y tiempo), la preparación consistía en que todas las madres y padres nos reunían en una casa y desde allí partíamos andando para ver en un sitio lejanísimo a los “familiares lejanos”, tan lejanos que tardábamos más de una hora andando entre campos de trigo, cementerios, vías de tren y un sol de espanto, alguna que otra barriada, llanos cubiertos de matojos secos, cardos borriqueros, etc... y cuando estábamos a punto de desfallecer de agotamiento, a lo lejos se empezaban a ver las callejuelas pequeñas de tierra reseca y arena de playa por las que se llegaba hasta la casita donde vivían nuestros “familiares lejanos”.
Vivian en una casita de playa con techo muy bajito, había que entrar bajando unos escalones para tocar el suelo de la casita, pues el nivel del suelo de la casita era mas bajo que el de la calle. Recuerdo el calor que hacia dentro de la casita, seguramente por el techo de uralita, que se caldeaba en verano y desprendía el calor hacia dentro de la casita.
Después de los consiguientes besos a todos los “familiares lejanos”, nos íbamos a la playa a jugar con una barca de pescadores que tenían los “familiares lejanos”, la arrastrábamos por la arena y la acercábamos a la orilla y allí jugábamos todos los primos.
Nuestro principal peligro en la playa no era el caerse y darse un golpe con la barca, o después de la comida que te diera el famoso corte de digestión con el que te asustaban las madres (que por cierto nunca nos dio), el peligro acechaba en la “ahogailla”, que era obligatoria para todos los primos, les gustase o no, pues era una cuestión de salud pública.
La más forzuda de mis tías y todos sabíamos quien era, se encargaba de coger a la presa: “niño distraído”, sobre todo cuando te decían a la hora de la merienda: “quítate la arena” y tu alegremente ibas hacia dentro del agua unos pasos, y descuidabas la guardia, justo en ese momento se acercaba por detrás la depredadora (mi tía) y con una mano te cogía de la cara, apretándote con los dedos pulgar e índice la nariz y con los otros tres dedos te tapaba la boca, tu como animal desprevenido intentabas con movimientos espasmódicos girar la cabeza e intentar escapar, era imposible, la otra mano iba al cogote y como dicen los rusos cuando se caen –Kataplov-, la “ahogailla”. Si te resistías, era peor, pues te mantenía mas tiempo con la cabeza dentro del agua, y si aflojaba algún dedo te entraba agua por todos lados, al final, salías casi vomitando, pero eso si, bautizado en salud para cuando vinieran los fríos del invierno.
            Después venia la llantina, un berrinche y el niño purificado en agua salada seguía jugando con la barca.
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A pesar de todo lo anterior, el miedo total y absoluto de los niños (primos) que estaban jugando con la barca, era que al volver a la casita, entre los callejones viéramos a lo lejos (o peor de cerca) dando tumbos de un lado a otro del callejón a la persona más misteriosa del lugar, de nombre desconocido pero de aspecto (para un niño terrible), el “tío del ojo doblado”.
Nunca recordaremos si era tuerto, bizco o tenia el ojo de cristal, pero su aspecto y su forma de andar, hacia que corriéramos en sentido contrario a donde venia, y casi siempre acabábamos “expulsando líquido amarillo” en algún lugar, después de salir corriendo y contarle a los demás por donde venía. No sabíamos que al contarlo, transmitíamos más miedo a los demás.
Con el tiempo pensé que seguramente a la hora que regresaba a su casa, “el tío del ojo doblado” venía de trabajar y seguramente pasaba por alguna taberna para descargar la agonía de esa vida que llevaba y que posiblemente nos esperaba a casi todos los primos, en un futuro en ese momento lejano para nosotros.
Lo peor de todo era la vuelta a nuestras casas, agotados de gastar las energías de todo un día en la casita de la playa de nuestros “primos lejanos”.
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Aquellos “estupendos” días –dos o tres en todo el verano– que pasábamos en la playa y en la casita de nuestros “familiares lejanos”, siempre los recordaremos como una aventura de travesía del desierto con ferrocarril incluido pero sin indios, juegos con barca en la arena de la playa, bocadillos de membrillo para todos, “ahogaillas” de nuestra tía para la salud y miedo en los callejones.
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Hoy día todo el mundo quiere tener un chalecito en la playa, y nosotros gracias a nuestros “primos lejanos” teníamos una casita en la playa, cuando éramos niños.....
Posiblemente esta historia sea más una fantasía de niños que una historia real, pero ¿que más da? Y lo bien que nos lo pasabamos.