sábado, 8 de enero de 2011

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE EDUCACIÓN

A los profesores/as nos obligan a hacer unos cursillos de formación de un sitio de siglas CEP, (Como Escaquearse Pronto), donde hay otros “elementos” de la enseñanza, que se supone que son los más sabios de entre todos/as, pero que se introducen en ese CEP, para no estar en contacto con la MUGRE (Muchachos/as Unidos y GRE no se lo que es, tendrá algo que ver con los “gusanitos”, también puede significar MUchachos del GREmio o en inglés con la lengua la revés, GREmio de MUchachos/as), o séase evitar el peligro de dar clase a los alumnos/as.

En uno de esos famosos cursillos de nombre: Trastornos de ansiedad, estrés y depresión en la adolescencia, -el ponente que lo impartía no era del CEP-, la realidad de los profesores/as-alumnos/as del cursillo hizo que la situación acabase degenerando en una terapia de grupo, el 99% de los presentes empezaron a contar sus situaciones personales (ni que decir tiene que la mayoría estaban en primera “línea de choque” de los centros de educación secundaria, donde los más antiguos -veteranos/as- no van ni de paseo).

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El ponente, a la vista de lo que tenía enfrente, empezó a preguntar uno por uno su situación actual, vivencias en el sistema educativo, etc, y en consecuencia, cambió el rumbo del cursillo.

Las quejas y lamentos eran del tipo: no podemos dar clase, necesitamos 20 minutos para callar a los alumnos/as, me faltan al respeto, así no se puede dar clase (en ese momento empezó a interesarme el famoso cursillo del CEP).

Una de las quejas más elocuentes -por su famoso tono de voz y forma de expresarse- fue la del señor Muñoz, que dijo: y lo peor son los padres, sobre todo a final de curso.

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Ya conocía al señor Muñoz de cuando hizo las prácticas del CAP (Curso de Alumnos-Profesores) en mi centro de trabajo –este curso es obligatorio para las personas que deseen impartir la docencia–, hacía de eso unos 5 años, y de pasar por los pasillos de instituto, me sonaba su cara.

Unos tres años después fue a hacer una sustitución (situación que se da cuando un profesor/a esta de baja y una vez transcurrido 1 mes, mandan a alguien para que los alumnos/as no pierdan conocimientos), y fue entonces cuando los alumnos me contaron que se descojonaban con el nuevo y que se había presentado como “El señor Muñoz”. Una de las frases típicas de “El señor Muñoz” cuando tenia que subir para impartir clase -no se puede decir dar clase-, era: A LAS TRINCHERAS.

Para “El señor Muñoz” las clases eran un suplicio, pues cuando acababa el horario de “trincheras”, estaba agotado, derrotado y con una sensación de no haber hecho el trabajo correcto, cuando llegaba a la sala de profesores, su sensación era equivalente a haber atravesado el desierto (sin camello) y se tenia que reponer bebiendo varios vasos de agua e intentando retomar las pulsaciones normales.

Los alumnos, después de los primeros días me contaban los dislates que cada uno observaba y yo les decía: simplemente es un profesor diferente, me dais vuestra opinión dentro de unos días. A las dos semanas (que es normalmente el tiempo de adaptación de profesores a alumnos y viceversa) me contaban que se lo pasaban estupendamente con él (o como dicen ellos “de puta madre”), aunque sin el saberlo, le tomaron cariño pues las clases eran divertidas para ellos y se les pasaba la hora más rápidamente -en realidad no siempre 1 hora de clase son 60 minutos para los alumnos, unas veces es más “time” y en este caso de “El señor Muñoz” eran muy cortas-.

Aquel curso del CEP cambio radicalmente de nombre en mi cerebro (conciente–subconsciente) a partir de esos 30 minutos que el ponente se dedico a hacer más distendida la “clase” de las 4 de la tarde (ese es el horario en que los profesores/as fuera de su jornada laboral, tienen que formarse; de esto último nunca habla nadie, ni administración, ni APAS, AMPAS, –que no HAMPAS–, etc., ni como decía un amigo de carrera: ni S. C. J.), se llamaría “Trastorno de ansiedad, estrés y depresión en los profesores/as con la adolescencia”, pues se notaba que todos estaban hechos polvo (por favor, no confundir esto último).

Cualquiera de los padres de adolescentes al leer esto último, pensarían: que blanditos son los “profes”, para lo que hacen y con lo que ganan, (primer pecado capital de los españoles: ENVIDIA), a continuación pensarían o dirían en conversación con su vecino más próximo en el bar del barrio, justo en el momento que su hijo/a le pide un euro para la merienda, –la dietética bolsa de gusanitos–, que para trabajo: en el tajo (u séase la obra); y después vendría la perorata de ese padre de menos de 50 años, que el no pudo estudiar porque se tuvo que poner a trabajar muy jovencito, no como esos profesores que lo único que hacen es quejarse. (Y pensando: panda de vagos, todo esto después de 3 cervezas, por lo menos).

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Después de esta reflexión, que no tiene que ver nada con la habilidad del ponente del curso de formación/deformación del CEP, me llega el turno de responder al ponente sobre la pregunta que hizo al comenzar la clase (situación actual, vivencias en el sistema educativo, etc, de cada profesor/a) y le digo que yo nunca he tenido ningún problema en el aula con los alumnos (como diría “el señor Muñoz” en veintitantos años en las trincheras); el ponente me mira con cara de circunstancia (entre asombrado y desconcertado, pensando: este miente como un bellaco), cosa que yo me esperaba a la vista de cómo estaba el patio.

A continuación, me dice que me explique (cosa lógica).

Comienza la típica diatriba de las 4:30 h de la tarde, donde normalmente el personal se traspone y queda totalmente aletargado para escuchar de forma automática lo que le comenten:

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Le digo si quiere que le cuente como van mis clases, a lo cual dice que si. Los demás profesores/as del curso me miran con cara incrédula. En ese instante antes de empezar a relatarlo, levanta la mano un compañero del IES donde yo tenía la plaza de profesor (pues yo estaba desplazado de mi centro, –por motivos que no vienen al caso a este relato– al IES “Litoral”) y reafirma lo que yo había insinuado, de que yo nunca había tenido problemas con los alumnos/as, sino todo lo contrario.

Lo primero que le digo al ponente es que los alumnos, son niños en todos los sitios, y que hay que tener en cuenta una serie de argumentos a la hora de dar clase.

Hoy día debido a la presión de padres, politiquillos, soplagaitas, etc, las escuelas se han convertido en auténticos barracones carcelarios para algunos/muchos niños.

Debido a este sistema actual, hay que intentar que la relación con el profesor/a sea de tal forma que aquello no parezca una cárcel, jungla, selva, etc, y que aprendan de manera que se diviertan (cosa que no es fácil) y el tiempo de estancia allí sea o parezca divertido.

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Paso a relatar una serie de condicionantes a la hora de dar clase.

• Lo primero es no olvidar que todos hemos pasado por esa edad e intentar recordarla siempre.

• Les digo que en mi clase no impongo ninguna regla del tipo: no se habla, no se come, no se grita, no se........ Se tienen que comportar como lo harían con su familia o grupo familiar, el comportamiento que de ellos esperan sus padres, abuelos, amigos, etc..., es decir, de su hábitat natural.

La única norma es el respeto a los compañeros y por supuesto al profesor/a.

• La clase ha de ser participativa, y aquí viene el problema. Hay varios tipos de alumnos (en realidad, tantos como hay en cada clase).

• El primer día de clase, me dedico a hacerles preguntas del tipo: edad, (te informa si ha repetido o ha tenido problemas en esta forma de sistema educativo), número de hermanos (te da la relación en sus casas, si esta mimado o no, etc.), que asignatura te gusta más y cual menos (indica que profesor les daba mejor las clases en primaria, si ocurre por ejemplo que todos odian el inglés: puede significar que en este país se dan los idiomas como siempre), que te gustaría ser de mayor (aquí hay de todo, y pueden saltar sorpresas y se ve la habilidad del “profe”) aficiones deportivas o extraescolares y alguna más que el grupo te motive en esa relación/dialogo ─ alumnos/profesor.

Durante el relato, igual que observo a los alumnos en clase, estoy viendo perplejos a la concurrencia.

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Con este sistema de clases continuas de 6 horas seguidas con un recreo de media hora para descansar, desayunar, relajarse, etc., no es lo mismo dar clase a primera hora (casi todos dormidos, sin desayunar, después de acostarse a las 2 o 3 de la mañana jugando a videojuegos, o saliendo de juerga los niños de 13-14 años en esta “querida España”, etc..), los alumnos con esas costumbres plantean el primer problema: o llegan tarde a clase o simplemente no aparecen por el centro hasta la segunda o tercera hora, sin justificación paterna (o materna, o de la abuela, etc).

Entre la primera y la segunda hora a los niños (para las niñas todavía es temprano para alimentarse, pues le dan arcadas –aquí yo siempre les explico el porque la media de la estatura española de los niños se acerca a la europea y las de las niñas sigue igual que hace 30 años) salen corriendo para pedir “un alimento” en la cafetería del centro. Ya tenemos el primer problema del sistema.

Al llegar tarde a la segunda hora, la mayoría de los profesores/as que están enfrentados con el jefe de estudios, director, o porque ahora que te pillo, te tengo cogido…, sin darse cuenta que al alumno le da exactamente igual y se va tan pancho al aula de estudio, –una especie de celda de castigo–, donde de un día para otro cuando los alumnos no empatizan con los profesores/as que dan clase a esa hora, llegan tarde a propósito y quedan en verse en el aula de estudio pero sin libros, como siempre, y de esa forman trasladan su trabajo a los profesores/as de guardia (cuya misión real es sustituir al que falta por enfermedad u otra causa).

Consecuencia: cuando el que expulsó al alumno o no lo dejó entrar en clase esta de guardia, el profesor/a que antes estuvo de guardia y esta dando clase y se entera que el anterior esta de guardia, recurre a la misma maniobra, expulsa de clase a algún alumno por un motivo ridículo, absurdo, nimio, aparente o evidente, etc, para que el que le pasó la “pelota” en su hora de guardia, se agobie y se mortifique para su siguiente clase.

Con esto se consigue crear un entorno de hipocresía total en el cual se van agriando los caracteres del personal y fastidiándose unos/as a otros/as, llegando a un ambiente encrespado entre profesores sulfurados –todo esto puede durar una eternidad–.

Pero aún es peor si un profesor/a no expulsa nunca a ningún alumno/a, pues a ese individuo es al que más rencor y hostilidad enconada le tienen (aunque lo disimulen) ese tipo de “compañeros/as”

Los alumnos se van dando cuenta perfectamente de todo esto y al tener empatía con un profesor/a te preguntan disimuladamente: “al profesor/a fulanito cuando te nombramos en clase se le cambia la expresión”, normalmente tu le dices “es que tiene un mal día” o alguna cosa por el estilo.

La tercera hora es la de la impaciencia, los alumnos/as empiezan a tener hambre, pues llevan doce horas sin comer (más o menos) y 10 minutos antes de terminar la interminable hora de clase, sobre todo si es un tedio de asignatura o “profe”, provocan una situación para que los expulsen y así llegar antes a la cafetería. (Aquí descarto aludir al porvenir de los alumnos/as......, –era políticamente incorrecto–)

No voy a contar las tres últimas horas de clase ─ son las más difíciles para cualquier profesional de la enseñanza ─, pues seria extenderme demasiado para este relato que me han pedido varia veces que documente y nunca he querido narrar, sobre una parte de la realidad actual de las personas (alumnos y profesores) en un supuesto moderno IES.

Las mentes pensantes y más lucidas (u séase los rateros más rastreros y bobalicones del sistema, los alérgicos a la tiza) dice que deben de estar obligatoriamente hasta los 18 años. Normalmente son todos los que se escaquearon de la “mili”, pero que quieren 18 años de “mili escolar” obligatoria, bajo pena de….

El principal temor de los alumnos es no aprobar el curso escolar, es un miedo que se acentúa con el tiempo de estancia en este sistema educativo y llega al extremo final sobre los dos últimos años de permanencia en este sistema, en el cual muchos alumnos pasan de todo, pasan de respeto, pasan de estudiar, pasan de…..

Algunos profesores/as tienen la creencia (errónea) de que las notas es el arma/escudo/instrumento para “machacar” a los individuos que les “fastidian” la clase. Esta dualidad notas-machacar llevadas a este extremo es lo que agudiza la mala relación en la clase (alumno/alumno y alumnos/profesores) y a medida que transcurren los días del curso la situación esta mas enconada. Solución: Expulsar a los alumnos/as. (Mandarle el problema y su solución a otro, es una actitud típica y generalizada en este país)

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• El segundo día de clase se comenta como se puede superar la asignatura: y se les dice que trabajando en clase y con el comportamiento. (Ellos no saben que comportamiento y trabajo van unidos)

• Todo aquel que trabaje en clase aprobara, y si le cuesta más que a otro, sino aprueba, se les dice “yo me encargaré de que apruebe”.

• La disposición de los alumnos en la clase debe de contemplar varios objetivos: Que estén compenetrados con los compañeros de pupitre. Se intentara poner al alumno/a que les va mejor este sistema actual (los llamados listos) con los que se quedan atrás, de manera que tengan una colaboración entre ellos/as. Normalmente de primaria vienen con ese convencimiento o conducta.

• Los alumnos con dificultades se deben situar lo más cerca posible del profesor/a (en las primeras filas). Generalmente se hace todo lo contrario. (Atrincherarlo en el fondo, como una especie de castigo, con lo que el problema continúa y se agudiza. No se intenta solucionar).

• Los sucesivos días de clase se seguirá una programación adecuada a cada grupo en concreto, intentando que sea lo más homogénea en cuanto a contenidos, pero diferente en la forma de intervención-actuación en el aula, pues cada grupo esta formado por alumnos/as-personas diferentes que al relacionarse entre ellos dan lugar a una heterogeneidad distinta, que hace que el profesor/a se relacione con ellos de forma diferente para conseguir una misma finalidad: la actitud positiva ante el trabajo, con miras a unos logros tangibles para cada individuo.

• A medida que van pasando los días la relación con la mayoría de los alumnos será positiva, y a aquellos alumnos que vienen con problemas heredados de años anteriores se les debe prestar una mayor atención y tener con ellos una relación más empática, lo cual será siempre agradecido por la persona..

• La actitud del profesor/a debe de ser en todo momento: clara, positiva y de respeto a los alumnos/as. Debe de ayudar a los alumnos que más dificultades presentan –ya sea por problemas de capacidad, físicos, psíquicos, o de cualquier otro tipo– sobre todo a la hora de superar las pruebas de control o evaluación, e incluso la corrección del trabajo en clase, que cuando tengan ejercicios bien realizados puedan demostrar en la pizarra, etc., que ellos/as también saben hacer las cosas bien y sin temor.

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Después de mi intervención a la pregunta del ponente del curso en horario de somnolencia –16 h. a 20 h.– . “Trastorno de ansiedad, estrés y depresión en los profesores/as con la adolescencia”, les termino diciendo que yo he venido al curso del CEP porque creía que era otra cosa y no una terapia de grupo, a partir de esa expresión, el personal me mira de forma incrédula y sus mentes me van diciendo:

• Este es un individuo, espécimen humano o extraterrestre, etc., que ha traído el ponente para que nos traguemos el curso.

• Menuda necedad esta contando, eso no se lo cree ni su padre. (mente de los más finos/as)

• ¿En que trinchera habrá estado, seguramente nunca ha dado clase? (mente del “señor Muñoz”).

• Algunos/as dudaban entre creer lo que había contado o no. En esos profesores/as había una pequeña duda, pues todo estaba contado con gran realismo y convicción. (Eran la gran mayoría)

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En ese instante, intervino un compañero del mí centro de secundaria-bachillerato-etc., profesor de inglés, e hizo el siguiente comentario solemne:

Paco nunca ha tenido ningún problema en las clases, ni con los “peores grupos” y además todos los alumnos lo quieren.

Confirmando todo lo anteriormente planteado y a la vez propuesto.

En ese instante por la mente de algunos/as de los asistentes al extraño curso, transitó la insólita idea: Aquí hay varios extraterrestres.

Continuara.......

domingo, 12 de diciembre de 2010

DESAPARECIDOS EN EL ESPACIO-TIEMPO

   Desde septiembre no escribo nada en el blogs –que no en la libretilla verde que me he agenciado para tomar notas–, lo único que me ha interesado es intentar leer, para ver como esta mi estado de animo, concentración, etc... y todo eso que te dicen los psiquiatras y psicólogos/as, para que mejores de la enfermedad del vitriolo, comúnmente conocido como estado de ánimo quemado.
   Es decir intentar descansar para hacer una vida medianamente normal, lo más parecido a la que llevaba con anterioridad, así que en este momento me dispongo a hacer una pequeña lista de los libros que he leído antes de irme a descansar o ya descansando en la cama, esos 20 a 30 minutos antes de intentar dormir y descansar mediante métodos medicinales y el tradicional, de aletargarte con una buena lectura.
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   En ese tiempo estaba leyendo Ciudad de cristal de Paul Auster, que es la primera novela con la que el autor inicia La trilogía de Nueva York, las otras dos, –Fantasmas y La Habitación Cerrada–, no las he leído por ahora.


Es como dice la reseña, una novela de intriga –thriller–, bastante especial y diferente a lo que normalmente es una novela de ese tipo. Era la segunda novela de Paul Auster que leía.






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   Después creo, si mi memoria no me hace una de las suyas, he ido leyendo los siguientes libros:
Lectura 1ª:
  



   Me atrajo el libro Elegía para un americano de al autora Siri Hustvedt, (esposa de Paul Auster).
  Si me gustó, Invisible de Paul Auster, y su forma de escribir; la de Siri Hustvedt me parece más relajante y directa, fácil de leer. A mi entender es muy buena escritora, se trabaja muchísimo los libros y me pasé un rato "very nice" leyendo ese precioso libro.

 
 
 
 
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Lectura 2ª:
      Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia (5º libro del detective Héctor Belascoarán Shayne), del escritor Paco Ignacio Taibo II, era la primera vez que leía a este escritor y la verdad no tiene nada que envidiar a los Henning Mankell y demás escritores nórdicos del momento. Lo único que varía son los lugares donde se desarrolla la trama y su forma diferente de contar sus episodios y peripecias.

   Es otra forma de entretener, con una sociedad menos moderna que la centroeuropea, pero con los mismos problemas humanos.




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Lectura 3ª:   
   Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez, la lectura me fue intrigando y enganchando a medida que pasaban los días (solo leo antes de dormir por la noche), es un libro muy duro –me imagino que escribirlo, como dice el autor fue aun peor–.

   Gabriel García Márquez cuenta en su papel de periodista, nos trae la historia real del secuestro de Maruja Pachón Villamizar y otras nueve personas, ocurrido en Colombia en el año 1990, a manos de la organización del narcotraficante Pablo Escobar.
   Difícil para los secuestrados en esa época y en cualquier tiempo, trágico por parte de los que no regresaron y muy triste las desdichas del conjunto de la sociedad que describe en el libro.

   Nota: No recuerdo bien cual leí primero, Noticia de un secuestro o Regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, son cosas de la memoria (enfermedad del vitriolo).

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Lectura 4ª:   
  


   Antés de la concesión del premio Nóbel a Mario Vargas Llosa, empecé a leer Travesuras de la niña mala, novela que narra la vida de Ricardito, un hombre que siempre ha querido vivir en Paris, y una vez en esa ciudad vuelve a reencontrar a un amor de su juventud –la chilenita–.

   Historia de amor y desamor, de pasión y odio, amor indefinible, destino perverso para el que lo padece, y dolor sobre todo por culpa de las travesuras de la niña mala. La pregunta que propone el escritor es: ¿Cuál es el verdadero rostro del amor?, respuestas hay para todos los gustos.


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Lectura 5ª:  
   Después de una lectura un poco difícil para los sentimientos personales, intento relajarme con una novela de intriga-policíaca, en este caso elegí la cuarta novela del comisario Martín Beck, El policía que ríe escrita en los años 60 por la pareja sueca Maj Sjöwall y Per Wahlöö, son los primeros en plasmar e impulsar el desarrollo de la novela de intriga sueca.


   Tan buena como las de Henning Mankell, Asa Larsson, Stieg Larsson, etc..




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Lectura 6ª:

   Vuelta a la literatura hispanoamericana a cargo de Mario Vargas Llosa, la novela elegida fue Pantaleón y las visitadoras, novela que recuerdo haber visto adornando algunos muebles-bar de la casa de algunos amigos del barrio.

   Relato muy divertido para pasar un buen rato, pero con un trasfondo social triste y duro, aunque este contado en forma de esperpento. Bastante ameno y divertido, te puedes "reir".






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Lectura 7ª:
   No se porque elegí esta novela, pero ocurrió. El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez es un poco enrevesada y dificultosa de leer, en realidad bastante, sobre todo si se lee a salto de mata -de noche en noche- .

   El autor indicó que fue la novela que más trabajo le costó escribir y se nota, tal vez por la falta de fluidez y su complejidad atemporal. Para entenderla y comprenderla en su totalidad hay que releerla.

   Es validad para todos los dictadores, opresores, en general gente totalitaria, que trata y maneja a las personas como borregos –en este caso como vacas y gallinas–, de esos tenemos bastantes por doquier, solo hay que mirar a los que se presentaron y hasta emergieron en las últimas elecciones catalanas. Leones disfrazados de corderos nacionalistas; también los tenemos en el cortijo socia..as (no te digo la letra que falta) del sur de España.

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Lectura 8ª:



  La última lectura fue la obra del autor brasileño Paulo Coelho, de título Verónica decide morir, "una novela sobre la locura", como dice el título del libro.

   Habla sobre la felicidad-no felicidad, del ser humano y su destino final. Escritor de estilo natural y accesible. Lectura libre.

  Me he visto muy identificado con el personaje de esta novela, tal vez por eso la leí. 




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   La lectura actual es una vuelta a mis comienzos, a la novela negra de intriga, de relajación con Henning Mankell y la continuación de la serie del inspector Wallander, de titulo Antes de que hiele.
    Un autor que me recomendó la persona que más quiero y que me ha ayudado siempre que la he necesitado.
PD: Perdonadme los errores, pues ahora mismo no domino la introducción de entradas en el blogs y estoy un poco-bastante torpe.

Nota: Mi agradecimiento a Isabel (mi psico) que me recuperó. Gracias.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

LAS NIÑAS DEL CARRITO


LAS NIÑAS DEL CARRITO
Se llamaban Lía y Chisca. Eran hermanas, casi de la misma edad, Chisca era 14 meses mayor que Lía, y tenía el pelo ondulado y rubito, mientras que Lía lo tenia totalmente lacio y un poco más oscurito; las dos eran de piel clara como su madre – que tenia lo que se decía por entonces, piel de marquesa – y tenían casi la misma estatura; Chisca era la más asustona de las dos y Lía era más atrevida.

En esa época, las mujeres tenían muchos hijos seguidos y escalonados, hasta que su experiencia les enseñaba cuando y como tenían que dejar de parir, aprendiendo toda clase de subterfugios para no tener traer más hijos al mundo y que pasaran necesidades, en realidad era “anhelo de todo”, pues no había nada.
Tenían cuatro hermanos más – dos niños y dos niñas –, una hermana y los dos hermanos eran mayores que ellas dos y vivían junto con sus padres –Svan y Rossi- en una casita-choza casi medieval. Svan era doce años mayor que Rossi. Según cuentan se casaron para que Rossi pudiera escapar del dominio y la crueldad de sus padres adoptivos que solo la quisieron para tenerla de criada durante el tiempo que vivió con ellos.
Eran los primeros pobladores de la zona en donde tenían su terreno-solar-casita-hogar, un descampado de mala tierra, – por donde pasaba un arroyo, seco en verano y desbordado en invierno – que no servia ni para que crecieran los jaramagos y donde los pobres de los sitios más dispares irían concentrándose y con el tiempo se convertiría en una barriada de las inmediaciones del centro de la ciudad. En ese tiempo nada más que existían varias casas muy retiradas entre ellas, esparcidas en ese descampado.
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Tanto Lía como Chisca, tenían que ayudar a su padre en el único trabajo que tenia a veces para el sustento de la familia, pues los dos hermanos estaban desde pequeñitos trabajando en una vaquería durante todo el día y allí les daban de comer, por dicho trabajo.
Cuando no tenía trabajo en el campo, Svan pedía permiso al señorito de una finca llamada el Coscollar, situada a unos 10 kilómetros de distancia de donde ellos vivían, para podarle gratis los olivos y la madera recogida la vendía a la panadería que había cercana a su casa.
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Svan salía al amanecer tirando de un carro con sus dos hijas, Lía y Chisca. Tenían que transitar empujando el carrito, en dirección norte, por unos caminitos de polvo, piedras, tierra… entre matorrales y arbustos. Al final de los intricados caminos, justo antes de llegar a la carretera, tenían que pasar un pequeño monte donde había una tapia que rodeaba la casa de una familia de apellidos de ascendencia extranjera – inglesa o alemana – y por supuesto muy rica. Las niñas acercaban unas piedras a la pared de la tapia y se quedaban un ratito mirando por lo alto de ella, para ver como era esa casa tan grande y muy diferente a la suya, después salían corriendo y alcanzaban al carro y a su padre, antes de llegar a la carretera –camino con algo de asfalto– que les llevaba en dirección oeste hacia la finca donde Svan tenia que desmochar los olivos del “Coscollar”.
Los primeros tres kilómetros de la carretera eran empinados y de pendiente constante, y las niñas tenían que empujar el carrito para ayudar a Svan. A la izquierda de la carretera había algunas casitas del mismo estilo que la que las niñas veían por la tapia, pero no tan grandes; después todo se volvía campo a ambos lados de la carretera.
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Cuando el terreno era llano Svan tiraba del carrito el solo e incluso en las bajadas, subía a sus niñas al carrito para que estuvieran alegres y se pasearan. Era una forma de entretenerlas pues sabía que sus hijas a pesar de su corta edad –8 y 9 años– tenían que trabajar duro al llegar al olivar.
Tanto Lía como Chisca iban cantado y felices a la ida cuando estaban en lo alto del carrito. Antes de llegar a su destino, pasaban por delante de la casa-cuartel de la guardia civil. Allí las saludaba la mujer del jefe del recinto. Era una señora muy cariñosa, que además no tenía hijos y adoraba a las niñas y les decía que se llegaran a la vuelta con su padre.
Sobre las 11 de la mañana llegaban a la finca y dejaban la carretera entrando por un camino pedregoso donde dejaban el carro y junto con su padre entraban en el campo.
El carrito de las niñas
Mientras Svan iba desmochando los árboles, las niñas eran las encargadas de llevar los trozos de madera que su padre les indicaba al carro que estaba en el camino. Si los pedazos de madera eran pequeños los llevaban a pulso en los brazos y cuando eran muy pesados y grandes, tiraban de los troncones arrastrándolos por el campo hasta el carro.
En esa tarea se tiraban hasta las tres de la tarde. Svan siempre llevaba una garrafa de plástico con agua para los tres.
Las niñas acababan con los pies destrozados, pues llevaban sandalias de plástico, de esas que con el sudor y el polvo se va formando una mezcla que se mete entre los deditos pequeños, te cubre toda la planta del pie y este se desliza por dentro de la sandalia. A pesar de todo para Lía y Chisca era como un juego. No había prisa, ni futuro.
Cuando terminaban de llenar todo el carro, Svan tiraba de el hasta sacarlo hasta la carretera. Las niñas se entretenían en el campo intentado limpiarse la planta de los pies para que estos no le resbalasen en las sandalias y poder empujar el carro de su padre.
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Chisca era la más asustona de las dos y a pesar de ser la mayor, le aterrorizaba quedarse sola en el olivar. Lía, que lo sabia, jugaba con ella y le decía que iba a salir corriendo y dejarla sola. Chisca ante la provocación de Lía, le aseguró que le tiraría una piedra si no la esperaba., Cuando Lía empezó a andar hacia la carretera dejando atrás a su hermana, ésta le tiró una piedra, con tan mala fortuna que le dio en la cabeza y le hizo una herida por la cual comenzó a salirle un poco de sangre.
Cuando llegaron al final del camino, justo antes de la carretera, donde las esperaba Svan, Lía le dijo que se había tropezado y que se había caído, su padre empezó a curarla echándole agua de la que llevaban en la garrafa y le puso un trapo para presionarle la herida.
Mientras Lía gemía de dolor, Svan le preguntó que como era posible que se cayese hacia delante y la chifarrada la tuviera en la parte de atrás de la cabeza. Cuando Lía iba a revelar lo ocurrido a su padre, levantó la cabeza y vio el brillo de los ojos de Chisca que la miraba fijamente a la cara y en ese momento Lía no abrió la boca.
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Svan era demasiado bueno con ellas y no les preguntó nada más pues estaban muy cansados de recoger los troncones de madera. Una vez pasado el incidente entre las dos hermanas, y cuando Lía había recuperado el aliento, entre los tres empezaron a mover el carro de vuelta a casa.
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Cuando pasaban por delante de la casa-cuartel ─ mientras Svan se iba a la cercana taberna El Alambique ─, la mujer del jefe del cuartel, doña Lucinda, se quedaba con las dos niñas. Ellas se lavaban las manos y limpiaban sus sandalias en un grifo que había a la entrada del patio de la casa-cuartel, y mientras tanto doña Lucinda les preparaba unos huevos fritos con ajos, pues tanto a Chisca como a Lía les encantaban.
Durante el almuerzo, doña Lucinda les preguntaba que si iban al colegio y ellas le contaban que tenían que ayudar a sus padres, y que por eso no estaban en el colegio. Las niñas no paraban de hablar y Lía le dijo que el vestido de lanilla con florecitas que llevaba puesto se lo había hecho su madre.
Cuando Svan regreso del Alambique, emprendieron la marcha con el carro cargado de madera, y doña Lucinda se despidió de las niñas.
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Aunque a Svan no se le notase nada, en la taberna se había tomado más vino de lo recomendable para la vuelta y al rato empezó a pasarle factura la bebida, empezó a marearse y no podía apenas tirar del carro, aunque las niñas lo ayudaban, llegó un momento en que se cayó al suelo y no podía levantarse.
Las niñas al ver como se encontraba su padre se pusieron a llorar pero, a pesar del llanto le ayudaban a levantarse y empujaban el carro entre ellas dos. Así durante todo el resto del camino de vuelta a casa. Para las niñas era un suplicio, hasta que a Svan se le iba pasando el efecto del exceso de vino ingerido en la taberna.
Cuando estaban cerca de la casa, Svan ya se había recuperado de la borrachera del vino blanco que había tomado en El Alambique, en ese momento, les daba un par de besos a las niñas y las dejaba cerca de casa y seguía con el carro en dirección a la panadería, donde entregaba la leña que había acordado con la dueña.
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Lía y Chisca le contaban a su madre lo bien que se lo habían pasado y no le decían nada de lo ocurrido por el camino, cuando tenían que ayudar a su padre y empujar el carrito durante todo el camino de vuelta a casa.
Svan después de vender la leña recogida en el olivar, en el camino de vuelta a casa pasaba por una taberna cercana y se dejaba parte de lo ganado ese día.
La cena de la familia ese día y como casi siempre según recuerdan las niñas del carrito eran unas gachas y a dormir hasta el día siguiente, que la vida continuaba.
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Doña Lucinda les buscó un colegio ─ el Saint Anthony para niños pobres ─, para que pudieran aprender a leer y escribir, y además comer todos los días. Del pan que le daban en la comida, siempre guardaban un trozo que le llevaban a su madre, pero el hambre hacia que en el camino de vuelta a casa, se convirtiera en un trocito.
Dentro del colegio había una tapia que las separaba de otro grupo de niñas diferentes. Eran más altas y vestían de uniforme. En su grupo todas tenían ropa de lanilla floreada y sandalias de plástico.
Chisca y Lía con 16 y 15 años


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Aún hoy día las niñas recuerdan ese colegio y las aventuras en el carrito con su padre.
A pesar de los sinsabores, siempre fueron felices con Svan y Rossi a los que cuidaron hasta el final de sus días.
A las hermanas más buenas del mundo, que les trasmitieron a sus hijos/as humanidad y alegría para sus vidas.

Esta historia no se sabe si real o imaginaria, para que sus hijos y nietos las recuerden siempre

 

lunes, 2 de agosto de 2010

RELACIONES HUMANAS: VIDA EN PAREJA

   Mi padre que era muy bruto y a la vez (cosa imposible) sensible, o más bien sensiblero, decía que para que una pareja funcione debían de respetarse. Ese fue el consejo que le dio a mi hermana y a su marido –Miguel– el día de su boda cuando el sacerdote (cura) lo obligó a decir unas palabras a las personas allí reunidas, y lo hizo por su hija a pesar de que mi padre “odiaba” a la mayoría de los curas. 
   La pobre, estaba tan nerviosa los días cercanos a su boda, que de lo contenta que estaba se puso tan mal, que el día anterior a la boda la tuvieron que ingresar en el hospital, de allí salio directamente hacia la iglesia. Mi hermana cuando esta feliz y contenta se enferma y cuando esta con el “agua al cuello” le da la risa, eso le ha pasado desde pequeña. Así es la vida. 
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   Como pareja, mi hermana y Miguel siempre se llevaron bien, de hecho ella se lleva bien con casi todo el mundo, –igual le pasa a nuestra madre–; igual le ocurre a mi primo Pepe (primo por parte de padre y madre) y Lola (su mujer) lo mismo que a Oliva y a mi. Somos seres muy sencillos, tal vez debido a la infancia tan feliz que hemos tenido o puede que seamos así por naturaleza, nunca se sabrá, hasta que los científicos de alguna Universidad por aburrimiento estudien la cuestión de el por qué de este estado de felicidad.
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   Las parejas que se llevan bien, según dice mi psicóloga Isabel, han alcanzado lo que todo el mundo persigue en la vida (algo así como el “Santo Grial” de las relaciones humanas), yo al principio no me lo creía, pues para nosotros era algo normal (puede que natural), y me comentaba que las relaciones de pareja eran uno de los problemas más comunes en su consulta.
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   Durante 20 años aproximadamente estuvimos criando (educando) a nuestros hijos y cuando pudimos, nos fuimos a viajar, ─ igual que hacíamos cuando éramos niños con mis padres, tíos y primos, que íbamos a la playa a ver a unos familiares de nuestros padres (“nuestros primos lejanos”) y recorríamos de 3 a 4 de la tarde unos pocos de kilómetros de campo, atravesando unas vías de tren, siempre con mucho cuidado, pasando todos a la vez para que no nos pillara el tren que pasaba cada hora aproximadamente ─. 
   La verdad es que los viajes que hicimos no eran como el de nuestro padre, que emigró en los años 60, cuando éramos niños a Alemania para poder traer dinero a la casa y de esa forma no pasar tantas dificultades y pagar las deudas, después de estar en uno de tantos apuros económicos que pasamos cuando niños. A pesar de todo mi madre siempre dijo que nunca nos ha faltado que comer.                         
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   Las tres parejas hicimos juntos nuestro último viaje a Paris, la verdad es que todo lo que nos habían contado quedo minúsculo, nimio; nos lo pasamos de maravilla, por donde paseábamos nos miraban los franceses, pues siempre estábamos riéndonos, -cosa que en el extranjero no suelen hacer- , nos reíamos de nosotros mismos, de las bellezas de nuestro alrededor, en realidad, nos reíamos de vivir. El reírnos de esa forma en la cual disfrutábamos, es algo casi genético por parte de la familia de mi madre, sobre todo de ella misma, que seguramente tendrá un cromosoma de más, el 24R (el de la risa). 
   Teníamos planeado hacer un viaje al año, antes de que nos pillara el tiempo, después de veinte años cuidando niños y alrededor de treinta trabajando, y antes de que nos lo imposibilitara el cuidado de los abuelos y posiblemente al ritmo que vamos, el de los nietos (mi hermana ya tiene una nieta –Laura–). Todo esto es muy común en nuestras familias, mi abuela Rosario, dormía en mi cuarto, en una camita junto a la mía, allí descanso hasta el final. Un beso abuela. 
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   Las parejas que encuentran la felicidad, no quieren separarse nunca, con la mirada y un abrazo son felices, hay una complicidad que el resto de la gente no solo no entiende, sino que envidian y odian, en vez de mirar lo positivo de las cosas. 
    A mi hermana ya no pueden odiarla ni envidiarla pues le falta Miguel, pero a pesar de todo, no le faltaremos nosotros. 
   Aun así, el resto la seguirá envidiando, ese es el mal de la humanidad, de este mundo que no quieren la felicidad de los demás, cuando en realidad es la de ellos mismos. Peor para ellos.

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 Gracias Miguel por todo, donde quiera que estés. Con el tiempo estaremos juntos de nuevo.